sexo con amigas

Sexo con amigas. ¿Es buena idea?

Después de mucho darle vueltas al asunto y escuchar de diferentes personas las más diversas opiniones, me sigue quedando la gran duda al respecto y, cada vez que me preguntan sobre el tema no sé con claridad qué responder: ¿se puede tener sexo con una amigo/a y seguir con la amistad como si no hubiera pasado nada?

Hace muchos años, cuando mi salida del armario se limitaba a mis más cercanos y mi familia aún no estaba muy al tanto, salí con un par de chicas sin llegar a nada serio. Nunca intimé con ellas, pero no necesitaba hacerlo para tener claro que me atraían mucho físicamente, solo que no estaba lista para dar ese gran paso. Bueno, como muchas lesbianas o bisexuales, generalmente me llevaba mejor con hombres que con las chicas de mi edad, estaba en tercer año medio y, a los dieciséis, las hormonas mandan más de lo que uno quisiera.

En aquel entonces tenía un muy buen amigo, Esteban. Nos habíamos conocido en primer año y desde entonces éramos inseparables; cada vez que él tenía un problema amoroso yo estaba ahí para aconsejarlo y viceversa. Se quedaba fines de semana enteros en mi casa. Simplemente, se había convertido en mi mejor amigo y, uno de nuestros temas favoritos, eran las chicas…

Pero por esas cosas de la vida, al llegar a la universidad y tener horarios diferentes cada vez nos frecuentábamos menos. Recuerdo un periodo en el que lo estaba pasando realmente mal; una de las jóvenes con las que había salido en segundo año de la universidad me había dejado… para mi mala suerte, yo me había enamorado profundamente de ella. Para pasar mis penas me comporté como una adolescente despechada y recorrí cuanto bar estuviera a mi alcance, descuidé mis notas en la facultad, me embriagaba más de la cuenta y más de una vez me vi envuelta en alguna riña callejera debido a mi irascible carácter… en fin, una noche en un antro de lo más bajo, conocí a un tipo de cabello largo y facciones agradables, me atrajo su aspecto y me acerqué a conversar con él. Después de tres litros de cerveza en el cuerpo, mis bajos instintos hablaron por mí y ya estaba besando al desconocido. Se llamaba Francisco. Después de una intensa sesión de besos y caricias decidimos salir del local, sus intenciones eran evidentes, pues me llevó a las afueras de un hotel barato y me dijo que entráramos para continuar la fiesta adentro. Creo que, a pesar de estar muy ebria, tuve la capacidad para reaccionar y, cuando él entró a preguntar por el precio de una habitación, salí huyendo y, para mi fortuna, a eso de las 11: 30 de la noche, pasó uno de los últimos buses que me servía, lo tomé y dejé a Francisco tirado. Me sentí intensamente aliviada.

Al llegar a mi casa, mis ánimos estaban por el suelo, necesitaba consejos; me estaba comportando como una idiota y nunca iba a recuperar a la chica que me había roto el corazón. Mi madre me abrió la puerta, venía en un estado no muy lúcido y estuve afuera un buen rato sin encontrar mis llaves. Al entrar, ella me regañó en voz baja, me dijo que tenía visitas y que me había llamado toda la tarde sin que atendiera mi celular. Me mandó a tomar un café cargado y a recibir a mi invitado; era Esteban.

Me sorprendió que me hubiese esperado tanto, pero como él siempre tuvo buena llegada con todos en mi familia, de seguro se había entretenido en mi ausencia.

Se burló de mi estado evidentemente etílico y luego me acompañó a beber café. Le conté lo sucedido y no pudo evitar reír, luego me abrazó como solía hacerlo y me dijo: “Estás cada vez más loca, chiquitita”. Nos fuimos al living a ver una película, yo estaba esperando que mi mareo cediera para poder irme a dormir, Esteban me acariciaba el pelo y yo estaba apoyada sobre su hombro. Me preguntó por la chica que me había dejado; inevitablemente mis emociones salieron a flote y de un momento a otro estaba empapada en lágrimas. Él me abrazó intentando consolarme y yo le preguntaba qué había de malo en mí… quizás fue una pregunta indebida, pues me miró fijo y me dijo que para él lo único malo que yo tenía era mi gusto por las mujeres, acto seguido, me besó. No me desagradó, es más, me sentí algo excitada. Nos fuimos a mi pieza (en casa a nadie le extrañaba que durmiéramos juntos) y entre besos y caricias terminamos desnudos y enredados en mi cama.

Al día siguiente, lo vi dormido a mi lado, una extraña sensación se apoderó de mí ¿estaba arrepentida? ¿Lo había pasado mal? La respuesta a ambas interrogantes fue negativa. Me vestí, lo desperté y nos fuimos a tomar desayuno, ambos teníamos clases ese día.

Para mi sorpresa, él al igual que yo, se lo había tomado muy bien y, para romper un poco la tensión inicial bromeó al respecto. Le dije que era un estúpido y que por eso lo quería. Se marchó y luego de aquel encuentro seguimos tan amigos como siempre.

Sin embargo, ya un poco más adulta, cuando ejercía mi primer año como docente de literatura, recuerdo haber entablado amistad con una chica que, al igual que yo, se identificaba como bisexual. Como teníamos ese pequeño secreto en común nos hicimos muy íntimas, ella tenía una relación y me contaba sobre ella. Yo, por mi parte, había vuelto a recaer con aquella chica que había terminado conmigo tiempo atrás, pero lo mío no era una relación, era más bien, algo sin nombre. Yo estaba para ella cuando así lo deseaba… lo sé, era bastante ilusa aún a mi veintitrés años. En fin, en una de esas tantas veces que salí con Amanda (mi colega y amiga) a tomar algunos tragos por uno de los bares gay del centro de la ciudad, me sorprendió verla llegar una tarde con cara de pocos amigos. Cuando le pregunté qué le pasaba me contó que su pareja había cambiado un montón desde que se habían ido a vivir juntas, que lo que antes era divertido para ambas ahora parecía serlo solo para ella y que el sexo era cada vez más monótono y aburrido. Le dije que todo eso tenía solución, pedimos dos Cosmopolitan con jugo extra de arándanos. La conversación siguió, no pude evitar sacar el tema de la chica que me quitaba el sueño y su opinión fue la misma de siempre: “Pierdes el tiempo con ella”.

Después de que cada una llevara unos cuatro Cosmos en el cuerpo, la conversación se había volcado netamente al tema sexual, Amanda me preguntaba por mis experiencias y las comparaba con las suyas, me decía que había intentado un montón de cosas con su novia y aún así las cosas no mejoraban. Yo era bastante atrevida en el ámbito sexual, ella lo sabía, y me pidió consejos que, más consejos, eran sugerencias. Como había mucho ruido, tenía que hablarle cada vez más cerca y cuando ella alejó su oído de mis labios y se volteó a mirarme, no pude evitar ver lo hermosa que era, la verdad, nunca lo había notado o nunca la había tenido tan cerca. Ella comenzó a adquirir una postura algo más cariñosa conmigo, me abrazó varias veces agradeciéndome lo buena amiga que era y, en uno de esos abrazos se acercó hasta mi oído y me susurró: “Podríamos intentar eso último que me dijiste, quiero que me enseñes a ser tan osada como tú”. Mi última sugerencia había sido que saliera con su pareja e hicieran cosas atrevidas, como acariciarse intensamente en algún lugar público; la adrenalina de ser descubiertas era un buen sazonarte para avivar la pasión. Me miró fijo, acercó una de sus manos a mi rostro y la deslizó por mi cuello. La acerqué hacia mí, ella cerró los ojos y la besé. Yo sabía que estaba mal, pero el alcohol me jugó en contra y, después de besarnos largo rato, ella me tomó de la mano, dejó el dinero de la cuenta sobre la mesa y me llevó hasta el baño. Rápidamente me empujó hacia uno de los cubículos, dejó su cartera y su chaqueta sobre la tapa del inodoro, yo la tomé por los hombros, la puse contra la pared y comencé a besar su cuello mientras desabotonaba sus jeans y con la otra mano recorría bajo su blusa. Ella se quitó el brasier, yo me desvestí hacia arriba y nos seguimos besando. Sentí entrar gente, pero eso no nos detuvo, besé sus pechos su abdomen, deslicé sus pantalones hasta abajo y besé su entrepierna… pronto la hice acabar. Me vestí y la ayudé a vestirse también.

Luego de ese apasionado encuentro, seguimos viéndonos, pero cada vez que quedábamos a solas ella intentaba acercarse a mí; le dije varias veces que lo que había pasado era cosa de una vez, que el alcohol me había llevado a actuar de forma indebida… me sentía sumamente culpable, y no era para menos.

Como le dije que no en reiteradas ocasiones, nuestra amistad se deterioró. Y por mucho que puse de mi parte para reconstruirla, ella siempre sacaba a colación lo mal que estaba con su chica y lo bien que se había sentido conmigo esa noche. Incluso me confesó que nunca lo había pasado tan bien, que era más que sexo lo que quería conmigo… Mi amiga se había enamorado de mí, o al menos estaba tan confundida que creía estarlo. Me cambié de trabajo y decidí cortar contacto con ella; había perdido a una buena amiga por mi falta de autocontrol.

No todas las personas somos iguales, es más, la forma en la que sentimos ni nosotros mismos la podemos controlar y, si bien, mi relación con Esteban era sólida y ambos habíamos podido ser maduros respecto a nuestro encuentro, para Amanda no había sido igual. El sexo entre amigos puede ser bastante gratificante y una excelente experiencia cuando hay confianza y conocimiento claro de lo que cada uno siente, pero no siempre tendremos control absoluto de lo que sentimos y, aquel juego que parece tan inocente se puede transformar en una ruleta rusa.

Amanda terminó con su novia… no pude evitar sentir que yo había sido la causante, lo supe por un colega y amigo en común con el que aún me comunicaba.

Con Esteban, en cambio, seguimos siendo amigos, íntimos y cercanos, el cariño entre nosotros no se vio afectado por lo sucedido… Entonces me pregunto, ¿es válido intimar con nuestras amistades y sentir que no tiene nada de malo? Eso va a depender únicamente del tipo de relación que tengamos con esa persona y la madurez con la que contemos para separar una experiencia sexual con hacer el amor. Sin embargo, nunca podremos estar cien por ciento seguros de que las consecuencias no nos ocasionarán problemas, después de todo, somos seres humanos y como todo en nuestra fatídica existencia, es impredecible.

Por Claudia Cuevas Moya
Editora de La aguja literaria




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