Thelma Wood, escultora y amante

Este mes, por petición expresa de C.C., una de nuestras lectoras, rescataremos de la historia a la escultora americana Thelma Ellen Wood: una mujer lesbiana, sexual y seductora, inteligente y creativa, que llegó a la orilla izquierda de París con el fin de abrirse paso en el mundo social y artístico.

El 3 de junio de 1901, recién estrenado el siglo XX, nace en Kansas una niña llamada Thelma Ellen Wood. Creció en St. Louis y fue la segunda de cuatro hermanos. Dicen que los hijos que no son ni los primogénitos ni los más pequeños desarrollan una aptitud especial para hacerse notar y conquistar. Thelma Wood demostraría con el tiempo sus grandes habilidades sociales a la sociedad parisina.

Siguiendo los pasos de muchísimos artistas norteamericanos de la época, con apenas 19 años da el gran salto a París para estudiar escultura. Las manos de esta joven artista comenzaban a demandar medios para dar a luz los dibujos que brotarían de ellas con los años. Su técnica favorita sería la de silverpoint: una técnica tradicional a base de materiales de plata.

Nada más llegar a París, Thelma tuvo un corto romance con la poeta Edna Saint Vincent Millay; y, posteriormente, con la fotógrafa norteamericana Berenice Abbot, quien inmortalizaría a la mayoría de las lesbianas pioneras de las artes y las letras en aquel bohemio París de principios de siglo XX: Sylvia Beach, Margaret Anderson, Janet Flanner, Solita Solano, Coco Chanel, Djuna Barnes, y un largo etcétera. La aventura entre Thelma y Berenice fue corta en el tiempo; no así su amistad, que duraría toda la vida.

El gran amor de Thelma estaba aún por llegar, y lo haría de la mano de la misma Berenice, quien no tardó en presentarle a la gran Djuna Barnes. Barnes tenía 29 años y Wood, casi 20. Esta singular pareja se sumergió en una relación de amor-odio que trajo a Djuna por el camino de la amargura: ésta requería una fidelidad que al espíritu promiscuo de Thelma le resultaba imposible dar. No sé si era reflejo de la década que las distanciaba en edad; yo creo que, simplemente, era una cuestión de caracteres. Djuna exigía una monogamia que Thelma no alcanzaba a comprender. Se sumergieron así en una relación destructiva, marcada por las infidelidades de la una y los celos y reproches de la otra. El alcohol y el sexo hicieron mella en esta relación: Thelma buscaba a menudo escarceos por fuera y le gustaba salir y beber. Según cuentan, tenía debilidad por los cubatas. Nada que no correspondiera a una chica joven recién salida de casa de mamá y en plena etapa del descubrimiento de su sexualidad. Vivía lo que le tocaba y estaba enamorada de Djuna, pero sus filosofías de vida y la actitud de cada una frente a ella no casaban. Aún así, el amor y la pasión que las unían eran tan fuertes, que la relación duró 8 largos años.

Djuna animó a Thelma a que desarrollara su lado artístico y la guió en las técnicas que más le convenían. Desafortunadamente, su obra no sobrevivió en el tiempo y sólo se sabe de una exposición que hizo en 1931 en las Milch Galleries de Nueva York.

El amor de Djuna por la escultora era infinito. De hecho, cada vez que le preguntaban, ella afirmaba: “¿Lesbiana? No, sólo amé a Thelma Wood”. Sin embargo, no era correspondida como deseaba. De hecho, antes de poner fin a su relación con Djuna, Thelma comenzó un romance con una acaudalada mujer llamada Henriette McCrea Metcalf, en 1928. Metcalf ayudó mucho económicamente a Wood, quien continuó durante una larga temporada aún escribiéndose y viéndose con Djuna.

No cabe la menor duda de lo tortuosa que fue esta historia de amor para Barnes. En 1937, en una carta que escribiera a su amiga del alma, Emily Coleman, le expresaba así su visión al respecto:  Debo haber sido muy joven a mis 29 cuando conocí a Thelma; mucho más joven que sus 19, puesto que sus años estaban ya llenos de sensualidad y oficio. Yo era una (verdadera) virgen campesina buscando ovejas perdidas y me equivoqué con su sangre de lobo.

En su famosa novela El bosque de la noche, Djuna intenta hacer un fiel reflejo de este amor, tal y como ella misma lo vivió. Se dice que fue una venganza, pero, lo fuera o no, lo cierto es que en ella narra esta relación conflictiva a través de los personajes de Robin Vote (Thelma Wood) y Nora Flood (Djuna Barnes). En la obra, Djuna derrocha toda su rabia, sus celos y su impotencia. Y hace esta terrible caracterización de Thelma: “La gente se sentía violenta cuando ella les dirigía la palabra, enfrentados a una catástrofe que todavía no había comenzado” (Barnes, Djuna, El bosque de la noche, Barcelona, Seix Barral, 1993, pág. 34). Nightwood (su título original) instala entre ellas un silencio sepulcral de por vida, ya que Thelma se siente profundamente herida por la imagen que proyectaba de ella quien fuera su amante y compañera durante casi una década.

La convivencia junto a Metcalf se prolongaría trece años. La agitada vida sexual de Thelma y su afición al alcohol (cada vez más acusada) hicieron que Henriette llegara a su límite y pusiera punto y final a la historia.

Pero el amor no tardó en volver a tocar a su puerta, y Thelma comenzó ese mismo año (1943) una relación con Margaret Behrens, una anticuaria y agente inmobiliario adinerada, con quien viviría en Connecticut hasta el día de su muerte, 27 años después.

Describir a una mujer como Thelma no resulta difícil. Físicamente, la caracterizaba un estilo andrógino. Era una mujer alta y muy atractiva. Le gustaban los dos sexos y destacaba por ser una gran seductora. Sentía devoción por los animales, tal y como reflejaría con los años en sus dibujos. Quienes la conocieron la describían, además, como una muy buena cocinera. ¡Lo tenía todo esta mujer! O casi todo: su promiscuidad y su incapacidad para la monogamia le traerían verdaderos quebraderos de cabeza, ya que sus amantes la pretendían para ellas en exclusiva. Sin embargo, fue una mujer de relaciones largas. Tal vez por la manera en que encadenaba unas con otras, podríamos intuir que Thelma Ellen Wood tenía dificultades para estar sola.

A finales de los años 60, la sorprende un cáncer de mama que se extiende en seguida a su espina dorsal y sus pulmones, poniendo fin a la vida de nuestra escultora el 10 de diciembre de 1970, a la edad de 69 años. Hoy por hoy, sus cenizas se encuentran depositadas en un terreno de la familia Behrens, en la ciudad de Bridgeport (Connecticut).

Entramos en el mes de diciembre y, con él, en las fiestas navideñas. Atea como soy, no desaprovecho la mínima ocasión para marcarme un baile con una de mis chicas. El año pasado lo hice de la mano de Romaine Brooks. Este año, el turno es de Thelma Wood. De fondo suena Uninvited, de Linda Perry. En medio del vaivén de la música, acompasados nuestros cuerpos, Thelma y yo les deseamos unas muy felices Fiestas a nuestr@s lector@s de “Mujeres del siglo XX”.




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