Del affidamento al empoderamiento: una trayectoria personal que desemboca en GALEHI.

Gloria Fortún es escritora y presidenta de GALEHI (Asociación de gays y lesbianas con hijos). Es nuestra invitada de hoy para reflexionar sobre el “affidamiento”, el empoderamiento y la maternidad.

Los cuerpos lesbianos somos múltiples y charlatanes. Sus portadoras carecemos de un lenguaje vernáculo y hablamos con nuestras cuevas de carne, con nuestra savia irisada. Esponjosos o volátiles, compartimos todos la experiencia de haber despertado un día de ese sueño forzado en el cual vivíamos sin deseo pero con todas las puertas abiertas. El instinto de supervivencia nos rescata del estupor para zambullirnos en una vida con deseo y con tantas puertas cerradas en las narices.

Sin embargo nos encontramos. Años tiernos de noches ebrias, primeros besos bajo una música de hojalata, diarios con candado y amigas hasta el final. El orgullo de la proscrita y la soledad del tecleo cuando en casa se han ido a dormir y por fin puedes entrar en el chat donde te esperan tus hermanas desconocidas. En la rutina diaria, en el vagón del metro, en el chino donde has ido a comprar un cigarrillo suelto, en todas partes ahora puedes decir que al menos tienes un nombre.

Algunas de nosotras, además de descubrir la palpitante carne que ha de convertirnos para siempre en ciudadanas de Lesbos, también nos affidamos. Estoy hablando de ese noble concepto acuñado por el feminismo italiano, el cual por fin analizó el modo en que el patriarcado ha separado desde el principio a las mujeres, convirtiéndonos en rivales, impidiendo así que creásemos comunidad, conciencia de grupo y por tanto política. El affidamento es una práctica de cuidado, lealtad, compromiso y respeto entre mujeres que permite crear una historia colectiva y una desestabilización del orden del padre. Llámalo si quieres continuum lesbiano, como hizo Adrienne Rich, que viene a ser lo mismo pero con un giro sáfico de la cuestión. Según Rich, el lesbianismo es la desobediencia a la heteronormatividad. Las mujeres construimos lazos fuera del patriarcado mediante nuestras relaciones de amor, cuidado y complicidad. Solo mediante el reconocimiento mutuo podemos construir una genealogía propia, nuevos significados y valores, nuevas maneras de ser y de estar en el mundo.

Ah, hermosos años jóvenes de militancia y mallas moradas, la sensación de proscritas nos hace batallar con pasión. Llevamos siempre las manos manchadas de tinta y una sábana con un lema en la mochila. Nos saludamos con besos en la boca, nosotras que nos queremos tanto.

Lo que ocurre es que las hojas del calendario siguen pasando y de pronto un amor sale bien. Se deja reposar como una infusión de herbolario y humea futuro. Una excursión al Ikea, un huerto de medio metro en un pequeño balcón, una frase tonta y secreta que a las dos nos hace reír y acabo apareciendo con ella en las comidas familiares de los domingos. Por aquél entonces ya nos podemos casar si queremos, pero la igualdad legal no ha conllevado de forma automática una igualdad social. ¿Mi compañera de piso? No, es mi mujer. ¿Cómo que nos parecemos? No es mi hermana. Es una incomprensión a la que estamos acostumbradas, que incluso da para reírse en las cenas con las amigas. Durante una temporada el activismo enfurecido de lo veinte años da paso a la políticamente correcta tolerancia, desarrollamos esa paciencia que tanto nos pedían nuestros padres ante un heterosexismo –me niego a llamarlo homofobia, como si fuera un trastorno psicológico, realmente se trata de un sistema que lo impregna todo- que ante las nuevas leyes se ha vuelto más sutil, más difícil de detectar y de acusar.

La decisión de ser madre lo cambia todo. La ignorancia ya no solo va a por ti, que tan acostumbrada estás a las fauces ocultas tras una sonrisa dulce. Si no vuelves a sacar el arco y la flecha de tu época amazona puede que ese bebé también considere en el futuro que la dignidad es un lujo. Solo hay que darse un paseo por los márgenes del androcentro para encontrarse con otras familias disidentes de la norma. El alivio de comprobar que algunas de ellas se han unido y que te invitan a formar parte de su sueño zarandea a la militante dormida, que encuentra en el empoderamiento la evolución lógica del affidamento.

Empoderarse es experimentar una revolución interior al unirse con otras personas que han elegido la misma batalla, es un cambio personal que solo se puede dar en grupo y que permite que como comunidad podamos acceder a los recursos materiales y simbólicos de los cuales solo un modelo de familia se había apropiado. En nuestros encuentros, debatiendo, reflexionando, formándonos y también riéndonos, comprobamos que a nuestras niñas y a nuestros niños les llega la fuerza de este verbo que derriba pirámides para alisar horizontes,  que pone el control en nuestras manos y nos convierte en constructivas frente al espíritu destructivo que mancilla el siglo XXI.

Desconozco qué otra poderosa palabra imbuirá mi activismo en el futuro, lo importante es que la vida es cambio y que obviar este hecho, permitir que las cosas te pasen en lugar de provocarlas, sentarse a deshojar calendarios, eso no es lo de mi gente ni lo mío. Eso no es lo que transmitimos a nuestras hijas e hijos en nuestros encuentros. Eso no es vivir.

Gloria Fortún
www.galehi.org
info@galehi.org




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