Sombras cuarteadas de neón, de Alicia García Núñ

Empiezo a escribir estas líneas mientras escucho Pagan Poetry, esa obra de arte creada por obra y gracia de Björk. No es una elección trivial, pues se trata de una de las 19 canciones que conforman el particular mapa sonoro de Sombras cuarteadas de neón: un poemario que mezcla versos, música e ilustraciones para conformar un inquietante y adictivo código secreto, tallado entre sombra y luz.

¿A quién se dirige este hierro candente de poesía? A alguien que no va a leerlo, probablemente, porque ignora su valor o peor aún: porque le es indiferente.

¿Adónde esta puta manía de atravesarme en ti?
¿Por quién? ¿porque me lo mandaste tú?
¿porque te busqué yo
Cuando debería haber cortado las palabras
de esta lengua agujereada
de impulso abierto e inconsciente?

Este es su destinatario: un ser ante el cual huye la luz y a cuyo rastro sólo quedan lo sucio, lo frío, la tristeza, el engaño y el miedo. Una dulce cretina mentirosa

Que de tanto mentir
Se hizo a sí misma lo que a otros,
se creyó a sí misma con los otros,
se partió a sí misma en minúsculos trozos

y se sirvió para comer.
El hambre, así,
dejó de tener límites.

No hay piedad en esa diosa alada, apóstol negro que sobrevuela cielos de fuego:

ángel carcomido de belleza,
dios perverso en la asunción de su poder.
Con la degenerada soberbia que cercena
la integridad del ser, la límpida conciencia,
te irás contoneando como una fulana,
irás levantando cabezas, y cortándolas también.

Nueva Galadriel ávida de admiración desesperada, esta belle dame sans merci cuya piel huele a incienso regresa sólo para doler, para amarse a sí misma un poco más a través de la voz extenuada que, a pesar de todo, continúa suplicando un beso, una caricia auténtica, un sentimiento real:

Entre tanto, mientras espero el beso,
Te intentaré tocar el alma con los ojos.
¿Quién sabe, tal vez acierte esta vez?

Quien nos habla tiene el corazón hecho trizas, pero sigue aún en pie, bello cadáver becqueriano. No pretende, sin embargo, inspirar lástima. Muestra sus heridas, pero lo hace con la displicencia de Humphrey Bogart:

Deja mi corazón hecho pedazos.
Aquí mismo,
Que yo lo coseré.

Le daré cinco o seis puntos de sutura
-según la incisión y mi estado de ánimo-
Y seguiré con esas cosas
Que a ti ya no te importan.

Tengo más por reparar,
No te preocupes,
Sigue a lo tuyo,
No es el primero,

Y ahora, si no te importa,
despeja la sala.

Aquí
no hay nada que ver.

Duro animal de ternura, pregunta a la amante – sin desesperación, con calculada indiferencia – quién o qué es, exactamente, para ella:

Los dibujos de David Gil no sólo acompañan a los poemas:
son los poemas transformados en imagen, en un delicado
y fascinante desdoblamiento.

Es dura, sí, pero va a dejar que la asesine lenta, irremediablemente, en pequeñas dosis de un dulce veneno que sabe a cola o, si lo prefiere, permitirá que le patee el corazón por las escaleras. –Dame la luz que tiempo atrás / tuviste por mí, suplica, quizás a alguna de esas mujeres amadas más allá de cualquiera de mis límites a las que dedica sus versos. A cambio de esa luz, si es necesario, encerrará el pájaro azul que anida en su pecho -¿Dónde escondo yo estas caricias rotas / y la misma luz queriendo aparecer?- y lo atontará con pastillas o con música para que ella no lo oiga.

Incluso aunque no lo quiera
Y de punta a punta pueda doler (que duele)
A veces me da el punto
Y me da por quererte en este
Preci(o)so instante

Está dispuesta a aceptar el fingimiento, a compartirla con otros cuerpos, siempre que sea a ella a quien se lo explique después –si es que te tolero / a esas alturas -. Amor que duele a media voz, frágil, transido de secretos, contenido en el temblor de la duda, temeroso de mostrarse: Duele tanto que te acojas al derecho / -y al revés- de no dar más…

 

Esa voz cosida de cicatrices que nos habla en primera persona y que se define como la equivocada, última amazona, urbanita / que perdió la última certeza, podría ser, también, el ser ante el cual huye la luz. Porque vive en las propias tinieblas, cansada de sí, perdida, sin acertar a ver qué es, qué quiere ser realmente. Transita por las esquinas de la noche sin horizonte vital que la sostenga, y no hay brújulas a lo Capitán Sparrow que puedan orientarla.

 

La luz cegadora e inmisericorde del astro rey devora cuanto toca, como el rayo de amor que la traspasa y que no cesa –Miguel Hernández revive en “No durará, lo sé”-. Se siente más cómoda en la neblinosa luz del neón, gas volátil encerrado en frágil cárcel de cristal, artificial y urbana. Luz pagana que no hiere tanto a los ojos: el lorquiano brillo de una navaja plateada en los ojos de un ángel caído y cubierto de tatuajes; la sagrada luz artificial de la discoteca donde olvidarlo todo, dejarse ir y participar en un ritual antiguo, ahora urbano y sin fe:
Fotografía de la autora, Alicia García Núñez

Fotografía de la autora,
Alicia García Núñez

Noctámbulos en guaridas de neón
han perdido la noción del día
y de la historia que aún suscriben.
Sostienen en sus manos el cáliz
de la muerte y beben todos de él.
No se dan cuenta.
Es la electrónica un camino irreversible
y tras la muerte sólo hay loops.
En la puerta del Infierno hay unas nike:
solo quien las calza desafió a la noche,
se hizo una capa con su velo
Y se alió con Belcebú, aquella
rubia peligrosa y muy astuta.

Sexo, drogas y música electrónica,
el sol no mira por el cuerpo

cuando tan solo quedan sombras
cuarteadas de neón.

Observa la danza de este corpus que se ofrece y vela, concentrado en sí mismo y a la vez consciente de cuántos ojos lo miran. Nadie va a contarle a ese cuerpo qué se siente al caminar sobre clavos oxidados. Lo sabe bien. Hace falta valor para exponerse a su rayo de tracción, pero quizás seas tú la medida de sus heridas. Anda, ve y puntúalo del uno al diez. Si te lo permite.

Todas las citas han sido extraídas de: Sombras cuarteadas de neón, Alicia García Núñez, prólogo de Meri Torras e ilustraciones de David Gil, Cangrejo Pistolero Ediciones, 2011.

Más información:

 




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